Ética y estética en el patrimonio islámico
Esbozo de una problemática
Emmanuel Pisani
Instituto Dominico de Estudios Orientales, El Cairo
Durante su estancia en España en 1932, el filósofo y poeta en lengua urdu Muhammad Iqbal escribió uno de sus poemas más célebres, Masjid-e-Qurtaba. La experiencia del viaje y de su visita se transforma allí en una contemplación histórica y espiritual del islam puesto a prueba por el tiempo. El poema figura en su colección Bāl-e-Jibrīl, Las alas de Gabriel. En estos pocos versos aquí retenidos, presenta así el santuario:
Oh santuario de Córdoba,
Es por el amor que existes;
El amor es pura permanencia,
En él no hay ni devenir ni declive.
Color, ladrillo o piedra,
Cuerda, letra o sonido,
El milagro del arte no se manifiesta
Sino por la sangre del corazón.
(…)
Tu majestad y tu belleza
Son la prueba del hombre de Dios;
Él también es majestad y belleza,
Tú también, majestad y belleza.
Tu construcción es duradera,
Tus columnas, innumerables,
Como una multitud de palmeras
En el desierto de Siria.
En tus puertas y en tus techos
Resplandece la luz del valle de Ayman;
Tu alminar se eleva,
Lugar de epifanía de Gabriel.
(…)
Por ti se desveló
El secreto del creyente:
El ardor de sus días,
El fervor de sus noches.
Al afirmar que la majestad del monumento es la misma que la del creyente, Iqbal nos invita a pensar y a ver la estética en el patrimonio islámico no como un simple adorno, sino como objetivación de la fe y de la virtud religiosa, espiritual y moral. La piedra de Córdoba no se sostiene por el mortero, sino por el Amor, esa «pura permanencia» que reconcilia la forma sensible y la exigencia ética.
Qué fácil es, a la luz de este poema, abrir la temática de nuestro coloquio sobre «la ética y la estética en el patrimonio islámico», puesto que en este lugar nada retiene la mirada y el ojo se abre al infinito. Porque no sabe ni dónde detenerse ni dónde comenzar. En estas innumerables columnas, el espíritu se desprende de toda forma; deja de fijarse, avanza y se abandona en un bosque sin fin. Pero ¿cómo leer y captar la inteligibilidad de esta percepción artística del infinito?
En la tradición filosófica europea, la comprensión de la estética islámica ha estado profundamente marcada por la lectura propuesta por Hegel en su Estética. Reconoce en el arte oriental la belleza del refinamiento ornamental, ejemplificada por el arabesco, pero lo ve como prueba de que aquí la Idea es incapaz de fijarse en una forma concreta. La repetición infinita de los motivos es, a su juicio, la marca de un espíritu que, al evadirse hacia la abstracción, no logra captar la realidad espiritual del ser humano. Para él, aun cuando el arte oriental se caracteriza por el esfuerzo del Espíritu por expresar lo absoluto, carece de una forma sensible adecuada, lo cual engendra un desequilibrio persistente entre la Idea y la figura artística. Como afirma, el arte islámico pertenece por consiguiente esencialmente a lo sublime, puesto que lo absoluto se concibe como una unidad abstracta ante la cual el individuo todavía no consigue afirmarse como sujeto libre. El arte islámico manifiesta una orientación espiritual auténtica y afirmada históricamente, pero permanece, para Hegel, como un arte preclásico. Es una unvollkommene, unangemessene, vorbereitende Kunst, es decir, un arte inacabado, incompleto, inadecuado, preparatorio. No está en condiciones de alcanzar la unidad consumada de forma y libertad subjetiva que define el arte clásico griego y, más tarde, el arte romántico. Esta imposibilidad de figurar el Absoluto impide la unidad consciente entre forma y contenido, condición del arte logrado. Esta visión marcó profundamente el orientalismo de los siglos XIX y XX. Aún hoy moldea ciertos juicios sobre la estética artística islámica. Sin embargo, hay que reconocer que los trabajos de los historiadores del arte, sean de Oriente u Occidente, del Norte o del Sur, han permitido superar ampliamente esa perspectiva. Oleg Grabar mostró, por ejemplo, que el ornamento islámico no es compensatorio: no sustituye una representación ausente; organiza la experiencia estética misma; constituye una estructura central de producción de sentido; es una mediación activa entre la obra, el espacio y el espectador. Contrariamente a la perspectiva hegeliana, el arte islámico no busca «decir la Idea» en una forma, sino situar al sujeto en una relación dinámica con el espacio y lo visible. La historiadora Gülru Necipoğlu, por su parte, estableció que la abstracción islámica es conceptual e intelectual, y no primitiva o meramente simbólica en sentido hegeliano. En The Topkapi Scroll: Geometry and Ornament in Islamic Architecture, muestra que la geometría y la repetición expresan una racionalidad visual sofisticada, no una etapa primitiva del arte.
Al explorar y escrutar el patrimonio filosófico, teológico, jurídico y espiritual del islam, otros investigadores han mostrado también que ofrece perspectivas originales para pensar el vínculo entre ética y estética, y que dispone de conceptos propios que traducen una aprehensión singular a la que la visión filosófica hegeliana no logra acceder, por quedar prisionera de una lectura eurocéntrica del mundo. Nuestro coloquio se inscribe, pues, a la luz de este fértil terreno de reajuste de conocimientos y de reconocimientos renovados. Pero, para ello, conviene previamente señalar y levantar una dificultad —y no menor— sin la cual nuestra ambición correría el riesgo de reproducir, bajo otra forma, el eurocentrismo hegeliano. Porque las mismas palabras que hemos utilizado para formular nuestra temática, ¿no están históricamente y geográficamente situadas? ¿No nos conducen a apartarnos de esa mirada singular y específica sobre el patrimonio islámico que queremos estudiar?
En efecto, ¿cómo hemos traducido «ética» y «estética» al árabe? Los términos aḫlāqiyya y ǧamāliyya nos parecieron los más apropiados. Sin embargo, se trata de neologismos modernos que no encontramos como tales ni en Ibn Sīnā, ni en Fārābī, ni en Ġazālī. Traducen una problemática del siglo XVIII y remiten a las distinciones filosóficas entre la estética y lo bello, la ética y la moral.
Si en árabe «estética» y «lo bello» derivan de la misma raíz ǧa.ma.la, el francés recurre a etimologías distintas: beau proviene del latín bellus y remite a lo armonioso, lo agradable, una cualidad del objeto o de la experiencia. Lo bello es un valor. Esthétique, en cambio, procede del griego aisthēsis, que remite a la idea de sensación, de percepción. En el siglo XVIII, en una obra fundacional, Baumgarten la definió como la ciencia del conocimiento sensible; la estética remite a una teoría de la sensibilidad, del sentimiento, de la experiencia perceptiva. En este marco, no puede reducirse a lo bello, pues la estética puede incluir lo feo, lo sublime, lo chocante, lo ambiguo, lo inquietante. Puede invocarse tanto para expresar la sacralidad de un lugar —sea una mezquita o la Kaaba— como para expresar una resistencia a un orden social o político, o incluso una relación ambivalente con la violencia o la sangre, como en la estética de los mártires. Además, para Baumgarten, la estética no se limita al arte: abarca todo el campo del conocimiento que no cae bajo una ciencia racional, lógica y distinta, e incluye en particular la mnemotecnia (105, 241), la astrología, la fisiognomía, las mantike (artes adivinatorias), y así sucesivamente. Lo que él llama el analogon de la razón (analogon rationis) remite a la facultad del conocimiento sensible. No produce un saber conceptual y distinto, pero organiza lo sensible de manera coherente, según su propia lógica. En relación con lo bello, la diferencia es a la vez estructural y epistemológica. La estética no remite ni a una propiedad del ser —armonía o proporción— ni a una metafísica que contemplar. La estética es el modo en que lo sensible conoce.
En cuanto a la ética, el francés traza de nuevo una distinción decisiva al diferenciarla de la moral. Allí donde el árabe utiliza la raíz ḫa.la.qa tanto para ética como para moral, el francés se apoya en dos etimologías distintas que hacen explícita la diferenciación: morale proviene del latín mōres, «costumbres», y designa reglas de conducta socialmente establecidas. En Cicerón y Séneca, mōs/mōrēs designa la conducta conforme a las virtudes y las leyes de la sociedad. La moral prescribe, así, lo que hay que hacer para conformarse a los usos o a las virtudes colectivas. En la filosofía moderna, la moral se universaliza con el imperativo categórico kantiano, pero sigue siendo normativa. La ética, en cambio, procede del griego ēthos, «carácter». La ética aristotélica es práctica: apunta a la eudaimonia, la buena vida, formando el carácter mediante el hábito y la razón. Se refiere a la formación interior y al desarrollo de disposiciones personales. En la filosofía moderna, es reflexiva y contextual; está ligada a la autonomía del sujeto y al juicio. En palabras de Paul Ricœur, es la aspiración a «la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas», una definición magistral que subraya las dimensiones relacional y política de la ética. En ella la ética se afirma además en una dimensión teleológica —la de la vida buena— pues orienta la existencia hacia una plenitud, un fin, antes de toda regla, mientras que la moral introduce ante todo la exigencia normativa. Para traducir la ética aristotélica, los filósofos árabes emplearon la palabra aḫlāq, mientras que aḫlāqiyya se utiliza en el sentido moderno para traducir la dimensión crítica y reflexiva de la ética.
De estas consideraciones etimológicas se desprende que la terminología árabe escogida para el título de nuestro coloquio lo inscribe de hecho en una problemática que, a primera vista, no está conectada con una investigación sobre el patrimonio. No invita inmediatamente a recurrir a las fuentes islámicas clásicas para pensar la relación entre ética y estética. Es cierto que la terminología no excluye, desde una perspectiva islámica, interrogar la experiencia y la expresión de lo sensible. Permite dar cuenta de la búsqueda de la felicidad, del deseo de vivir bien, de la voluntad de hacer visible una relación positiva con los otros, de articular un diálogo interreligioso o intercultural apoyado en una estética de múltiples fuentes. También puede remitir a cuestiones sobre la responsabilidad del artista, los límites de la transgresión, la ética de representar el ǧihād, la violencia o lo sagrado, o los usos estéticos de las tecnologías. Todo esto es posible, pero todo ello pertenece a una problemática moderna y contemporánea que no nos invita a comenzar por el patrimonio islámico mismo como fuente primaria —y, admitámoslo, no es una paradoja menor.
Una paradoja tanto más significativa cuanto que muchos pensadores musulmanes medievales abordaron cuestiones relativas al entrelazamiento de belleza, sensibilidad, arte y perfección, y pudieron forjar conceptos en sus tratados de filosofía, teología, derecho, medicina, óptica o retórica. Puede pensarse, por ejemplo, en las nociones de ǧamāl, ḥusn, zīna o iḥsān. ¿No dicen algo específico acerca de la imbricación entre «ética» y «estética»? ¿Y cómo esa relación, en el mundo creyente-musulmán, ha logrado expresar un pensamiento particular sobre la trascendencia de Dios y modelar un camino espiritual o místico singular?
La cuestión ha sido trabajada en filosofía del arte, y los trabajos de ʿAfīf Bahnasī han mostrado en particular que Ḥayyān al-Tawḥīdī, el filósofo bagdadí del siglo X, no fue solo un hombre de letras, sino también un teórico de la belleza de las formas. La caligrafía ha sido leída como una conjunción entre la perfección de la naturaleza y la espiritualidad del alma. En Abū Ḥayyān al-Tawḥīdī, en efecto, no es una simple técnica de transcripción de los versículos del Corán; es el lugar de una fusión entre metafísica, psicología y arte plástico. En su célebre Risāla fī al-Ḫaṭṭ wa-l-qalam (Epístola sobre la caligrafía y el cálamo), sienta bases que transforman la escritura en una verdadera «fenomenología del espíritu». Contrariamente a Hegel, que veía en la caligrafía una incompletud, un empobrecimiento, al-Tawḥīdī habla de «geometría espiritual» (Handasa rūḥāniyya). Da una definición que se ha hecho célebre: «La escritura es una geometría espiritual, aunque se manifieste por medio de un instrumento corporal». En la caligrafía, la belleza de la letra se apoya en la proporción (tanāsub) y la medida (tasāwī). Como la geometría, busca el equilibrio perfecto (iʿtidāl). Esta perfección geométrica refleja la armonía del universo creado por Dios. Al trazar una línea perfecta, el calígrafo imita la precisión de la creación divina. Pero no solo eso: el movimiento de la mano no es más que el resultado de un proceso que comienza en el alma. La belleza del trazo es el reflejo directo de la pureza del alma del escriba. Si el alma está turbada, el trazo será vacilante; si el alma está en armonía con su Señor y con su carácter, el trazo será firme y gracioso. Así, la estética se une a la ética (aḫlāq). El calígrafo debe cultivar sus virtudes interiores para que su mano se convierta en un instrumento fiel de la «luz interior». Para Tawḥīdī, la pluma es el intérprete del Intelecto. Dicho de otro modo, la estética caligráfica es «inteligible» antes de ser «sensible». La admiración ante un bello manuscrito no es solo visual: es un reconocimiento por el intelecto de la sabiduría y de la luz depositadas en las formas caligráficas. Esta coherencia, esta imbricación entre estética y ética, se explicita mediante conceptos que remiten a la vez a cualidades técnicas y estéticas: wāḍiḥ, la claridad, es la de la letra que debe ser legible, porque la verdad divina no tolera la oscuridad. sahl, la fluidez y la facilidad, es la del trazo que debe parecer natural, sin esfuerzo excesivo, reflejando la generosidad de la naturaleza. tašrīf, el ennoblecimiento, concierne a la manera en que las letras se elevan o se enlazan, y debe evocar una jerarquía y una nobleza de forma. Desde el punto de vista teológico, la caligrafía es el arte de hacer visible la Palabra de Dios, el Corán. La Escritura se convierte en un puente entre el mundo visible (šahāda) y el mundo invisible (ġayb). La caligrafía es el esfuerzo humano por dar a la revelación un adorno digno de su fuente divina. Si hubiera que resumirlo en pocas palabras, queda claro que, para Tawḥīdī, la caligrafía es el arte en el que la estética —la bella forma—, la ética —la disciplina del alma— y la teología —la revelación del Verbo— son una sola cosa. Es una «geometría espiritual»: la huella sensible de la Palabra increada a través de la mediación del intelecto humano.
Si el arte y la belleza de la caligrafía se integran así en una dimensión ética y espiritual, ¿no mantiene la belleza, sin embargo, vínculos ambiguos e incluso peligrosos con la sensibilidad y el espíritu, al distraerlos o incluso extraviarlos? La cuestión la plantea Platón y, con una agudeza aún más incisiva, Plotino en las Enéadas (I, 6), pues subraya que la belleza sensible puede convertirse en una distracción ontológica y que el alma, al dejarse fascinar por las formas visibles, corre el riesgo de olvidar su propio origen inteligible. ¿Cómo se abordó esta visión de una estética que extravía el alma entre nuestros filósofos y maestros espirituales del islam? Y, ya que hablábamos de Platón, ¿la crítica coránica de la poesía y ese célebre versículo donde los poetas aparecen como quienes «vagan por cada valle» y «dicen lo que no hacen» no expresan acaso una sospecha hacia la estética del verbo, hacia la retórica, capaz de encubrir la mentira o, peor aún, la inmoralidad? Porque la belleza de la forma poética puede servir para hacer atractivo el vicio: una amenaza última para la sociedad.
Muchos pensadores musulmanes han advertido así contra toda belleza sensible que puede convertirse en un obstáculo para la vida ética y espiritual. La estética es «dispersión». De este modo, los términos zīna (aderezo, ornato) y zuḫruf (ornamentación) han sido presentados como formas de engaño o distracción (lahw) que alejan de la verdad. Engaño, porque los dorados exteriores pueden ocultar la fealdad interior. Extravio, porque el placer de la mirada distrae al corazón de su orientación hacia el Dios Único. Para un maestro sufí como al-Huǧwīrī, en su Kašf al-maḥǧūb, la zīna es siempre sospechosa. Para él, el adorno del mundo es el velo por excelencia y constituye, por consiguiente, la negación misma del desvelamiento espiritual, objeto de la búsqueda sufí. No sorprende entonces que proponga una ética del despojamiento, en la que la belleza nunca debe ser un «adorno de la apariencia» (zīnat al-zāhir), sino una «transparencia del ser». En Huǧwīrī, todo ornamento que no proviene del corazón es un ídolo interpuesto entre el creyente y su Creador. Al-Ġazālī (m. 1111), en la misma línea, fustiga la vanidad de esos sabios y juristas cortesanos, envueltos en sus ropajes de ostentación. En el Iḥyāʾ, denuncia ese lujo vestimentario como el sudario de su propio vacío espiritual: al cuidar tanto su adorno mundano, no hacen sino exhibir el abismo que los separa de las realidades celestes que, sin embargo, pretenden servir. Al tomar el dinero de los pobres para cubrirse de dorados o habitar palacios suntuosos, cometen una injusticia.
Antes que él, Ibn Ḥazm de Córdoba, aunque sutil teórico del amor y de la belleza en El collar de la paloma, se inscribe en una antropología moral en la que la belleza sensible es fundamentalmente ambivalente. No es solo la zīna, la ornamentación, lo que plantea problema, sino el ǧamāl, la belleza misma. En Ṭawq al-ḥamāma como en al-Aḫlāq wa-l-Siyar, aparece ante todo como una prueba (fitna), susceptible de hacer bascular el alma hacia el hawā, la pasión desordenada, y de «subvertir» la razón a través de los sentidos. La belleza corporal nunca es inocente: fascina, pero engaña; atrae, pero puede cegar al intelecto si no queda estrictamente subordinada a la virtud moral. De ahí esa ascesis de la mirada con la que Ibn Ḥazm se empeña en diseccionar su ilusión: fa-in aʿǧabta bi-ǧamālika, fa-tafakkar fī istiḥālatika fī al-qabr ǧīfatan muntinatan yahrubu min qurbihā, wa-fī ṣayrūratika haraman qabīḥan — «Si te asombras de tu belleza, piensa en lo que llegarás a ser en la tumba: un cadáver en descomposición del que se huye, y en lo que serás en la vejez: un ser feo y quebrantado».
Esta postura no es solo moral: se apoya en una epistemología implícita. Lo sensible es un lugar de peligro para la razón, y la belleza, lejos de ser un camino hacia lo verdadero, debe ser tenida bajo sospecha, vigilada, disciplinada. Pero ¿esta desconfianza hacia la belleza sensible caracteriza a todo el pensamiento islámico medieval? ¿Debe verse realmente en el ǧamāl un peligro para la razón, o puede, por el contrario, convertirse en un camino hacia lo verdadero y lo bueno? Es precisamente aquí donde se abre la perspectiva de al-Fārābī (m. 950) y, más radicalmente aún, la de Ibn ʿArabī (m. 1240).
En el Kitāb al-Siyasiya, al-Fārābī comprende la zīna como reflejo del esplendor divino. Para el filósofo, ética y estética están profundamente vinculadas, porque su relación es estructural a la naturaleza del ser. La belleza es la expresión de la perfección y, en ese sentido, remite a Dios mismo: Belleza absoluta, Perfección absoluta. Cuanto más se aproxima un ser a su perfección, más bello es; a la inversa, la fealdad no es sino manifestación de defecto o imperfección. Además, puesto que la demostración filosófica abstracta no es accesible a todos, la estética se convierte en un instrumento al servicio de la ética: por la imitación (muḥākāt) y por la imaginación, poetas y artistas traducen verdades inteligibles a formas sensibles, haciendo la verdad accesible al mayor número. La belleza de las imágenes, de los poemas y de las obras de arte permite así volver deseables y comprensibles los principios éticos, animando a los ciudadanos a practicar las virtudes y evitar los vicios. La estética queda aquí subordinada a la finalidad moral y política de la ciudad virtuosa: «viste» a la ética para que llegue a todos los individuos. Esta mediación no pasa solo por lo visible, sino también por lo audible. En el Kitāb al-Mūsīqā al-Kabīr, Fārābī desarrolla una auténtica psicología de la música. Distingue ciertas melodías capaces de actuar sobre los caracteres (al-alḥān al-muʾaṯṯira), calmando o excitando las pasiones. En sus Nekrologías de hombres ilustres, Ibn Ḫallikān relata la leyenda según la cual Fārābī dominaba los maqāmāt, los modos musicales, y sus efectos (al-taʾṯīr): invitado a la corte del emir hamdaní Sayf al-Dawla en Alepo, se le pidió que tomara asiento según su rango. Con una seguridad inusual, se sentó junto al propio emir. Interrogado sobre sus talentos como músico, sacó un instrumento de su invención y preguntó: «¿Qué emoción desean que despierte en la audiencia?» Comenzó interpretando un aire que desencadenó una risa incontenible entre los cortesanos. Cambiando de modo, tocó otra melodía que sumió a la asamblea en una tristeza irresistible. Finalmente, ejecutó una armonía tan suave que un velo de letargo se apoderó del auditorio, sellando los párpados de los cortesanos en un sueño invencible. Aprovechó para marcharse discretamente. Así, puesto que actúa sobre el carácter, la música no puede reducirse a un simple placer. Posee una función terapéutica y ética: restablece el equilibrio del alma y favorece la armonía interior, condición indispensable para una conducta virtuosa.
En cuanto a Ibn Arabī (1165–1240), rompe con la crítica moral de la superficialidad mundana o con la crítica formulada por los primeros sufíes acerca de la belleza como vía de extravío, crítica que al-Ġazālī asume, al menos en parte. Su lectura del hadiz «Dios es Bello y ama la belleza» (inna Allāha ǧamīlun yuḥibbu al-ǧamāl) remite a la estructura ontológica del ser. Dios es Bello en Su esencia; ama la belleza porque Se manifiesta en ella; y ama a quien Lo reconoce en las formas. La zīna no es un simple aderezo: es aquello por lo cual Dios hace el mundo aparente, legible, amable. No es un ornamento exterior al ser, sino la forma visible de un Nombre divino. En Ibn Arabī, la salvación no proviene de la forma en sí, sino de la calidad de la mirada (naẓar) que se posa sobre ella y que ve en ella la autorrevelación de Dios, la manifestación divina (maẓhar o taǧallī). Por ello, para Ibn ʿArabī, el verdadero peligro es el de quien se detiene en la forma y absolutiza el velo en lugar de atravesar la forma para reconocer a Dios en ella; la salvación, antes de ser penal o recompensatoria, consiste en no quedar velado de Dios, en ver a Dios en las formas sin encerrarlo en ellas. Está en el taḥqīq, la realización espiritual; en el kašf, el desvelamiento; en la maʿrifa, el conocimiento sutil. Con todo, la ética (aḫlāq) no es periférica: es la condición misma del desvelamiento justo. Porque el velo no está en la forma, sino en las disposiciones interiores. La ética, en cuanto teomórfica —esto es, conforme a los rasgos de Dios—, contribuye a purificar la intención y a rectificar la mirada.
Lejos de ser fija, la terminología estética árabe es, pues, un terreno de tensiones y debates. Esta plasticidad léxica exige vigilancia filológica y nos reclama una atención constante a la diacronía: cada término es una trayectoria histórica cuyos sentidos múltiples hay que identificar, a veces incluso dentro de los escritos de un mismo autor. Porque, aunque ciertos autores sufíes advierten contra la dispersión producida por la estética, también la conciben como un camino de perfección que abre al ser humano al paraíso. Frente a advertencias, críticas y condenas —antiguas y contemporáneas—, algunos, a veces los mismos autores, han visto sin embargo en el vínculo entre estética y adab, entendido como literatura, cultura y ética del buen obrar, la vía para superar la ambivalencia entre ética y estética. Pues si el arte es educado y formado por la nobleza del espíritu, a imagen del hermoso modelo que es el Mensajero del islam, cuyo corpus de hadices canta las nobles virtudes (makārim al-aḫlāq), entonces tiene la capacidad de reconducir al individuo hacia una armonía interior. Tal como lo ha puesto de relieve el excelente trabajo dirigido por Catherine Mayeur-Jaouen, Luca Patrizi, Francesco Chiabotti y Eve Feuillebois-Pierunek, el adab aparece así como el lugar de convergencia entre una ética del comportamiento, una estética de la forma y el saber como educación espiritual. Articula lo bello y lo bueno, la perfección formal y la rectitud moral. En un inicio ligado a la figura del hombre letrado, versado en la poesía antigua, la elocuencia y la memoria de las grandes epopeyas tribales (ayyām al-ʿArab), el adab se transformó, al contacto con el legado persa, en un ideal de distinción y de saber vivir, convirtiéndose en el nombre mismo del refinamiento (ẓarf), de la cortesía y de las formas de civilidad propias de los ambientes cortesanos. El célebre hadiz del Mensajero del islam, «addabanī rabbī fa-aḥsana adabī (Mi Señor me enseñó el adab y lo llevó en mí a la perfección)», constituye su matriz fundadora al hacer del adab el principio desde el cual se piensa, se transmite y se vive la unidad de lo bello, lo bueno y lo verdadero. Así, el adīb sabe dar una forma bella a sus acciones y a sus palabras. La ética se convierte en una ejecución estética: no basta con ser bueno; hay que serlo con elegancia, con medida y refinamiento. El ḥusn, como belleza y bondad, se revela en el gesto y en la palabra escogida. No es la moral abolida, sino la moral transfigurada, espejo de la belleza divina. En este marco, el adab exige el dominio de la retórica (balāġa). No se reduce a la retórica aristotélica; siguiendo a Ǧurǧānī, es «la adecuación del discurso a las exigencias de la situación». No son las palabras las que son bellas, sino la manera en que hacen aparecer el sentido. La belleza del lenguaje no es un simple ornamento: es condición de la transmisión de la sabiduría. Un saber mal expuesto carece de adab. Pero el adab aspira también a instruir complaciendo. Es imṭāʿ wa-muʾānasa. imṭāʿ, porque se trata de procurar un placer, pero un placer activo, que pone en movimiento la inteligencia y la sensibilidad. muʾānasa, porque crea intimidad; rompe el aislamiento intelectual o existencial; expresa el calor del intercambio. La estética literaria sirve para hacer «sabroso» al alma el conocimiento moral e intelectual. Por último, el adab modela la mirada y la sensibilidad. Para apreciar la belleza —sea la de un poema, un jardín, una mezquita-catedral o un rostro— hay que haber sido educado. El hombre del adab (muʾaddab o mutaʾaddib) no es solo cortés: es bien educado. Es una estética cultivada: la sensibilidad no es solo instinto; es un arte que se aprende. El adīb es quien sabe percibir, en las obras literarias, pictóricas o cinematográficas, los matices sutiles (laṭāʾif) de belleza y ética que se expresan en ellas. El vínculo entre adab y estética permite resolver la tensión entre el placer sensorial y el rigor moral: el adab impone la noción de equilibrio (iʿtidāl), categoría a la vez estética —por la armonía de las proporciones— y ética —por el dominio de las pasiones—. Así, el ideal humano en la cultura árabe clásica es el de quien realiza la fusión entre la nobleza del carácter (ḫuluq) y la belleza de la expresión cultural.
En la tradición árabe, la belleza (ǧamāl) se entiende a menudo como un atributo moral o espiritual, y la virtud (ḫuluq) como una forma de perfección o belleza interior. En este sentido, lo bello y lo bueno se responden en la acción, la creación y la percepción. Trabajar sobre el ḫuluq es esculpir el carácter para que alcance el equilibrio (iʿtidāl). En su célebre diccionario al-Muḫaṣṣaṣ, Ibn Sīda muestra que «la belleza (ǧamāl) es a la vez belleza moral y belleza física (al-ḥusn fī l-ḫuluq wa-l-ḫalq)». A la luz del léxico disponible en su época, enumera términos emparentados con la belleza: irradiación (nāḍir), resplandor (bahǧa), espectáculo que colma los ojos (bahāʾ), color fulgurante (mashbūb), gracia (ġarāniq), limpieza (ǧahāra), gracia elegante (ṭalāwa). En el sufismo, este trabajo sobre el carácter es esencial: no se trata solo de imitar los aḫlāq del Profeta, sino también de revestirse e impregnarse de los aḫlāq de Dios (al-taḫalluq bi-aḫlāq Allāh), lo cual dista mucho de ser fácil y, en un autor como al-Ġazālī, resulta siempre de la voluntad de Dios y, por tanto, de una gracia concedida.
Así, el patrimonio islámico presenta lo bello, lo justo y lo verdadero según una pluralidad de registros que no se excluyen, sino que se responden. Los textos sagrados y la reflexión teológica sitúan la belleza como una emanación de lo divino: en la mística sufí, en particular, la experiencia estética es una vía de conocimiento espiritual, en la que lo sensible se vuelve transparente a la verdad. El fiqh, por su parte, inscribe la estética en una normatividad concreta, encuadrando las prácticas artísticas y los regímenes de percepción dentro de un orden de vida y de valores sociales compartidos. En cuanto a la falsafa, realiza una mediación decisiva entre el legado griego y el pensamiento árabe, al concebir la belleza como una forma de inteligibilidad de lo real, percibida por el intelecto como reflejo de la verdad del orden del mundo.
Silsalah-E Roz-O Shab, Naqsh Gar-E Hdsaati: la cadena de los días y las noches es la escultora de los acontecimientos, escribe Muhammad Iqbal en Las alas de Gabriel. Con estos versos dedicados a la mezquita de Córdoba, el poeta recordaba que las obras humanas, cuando están habitadas por una visión espiritual, atraviesan el tiempo y siguen interrogando la historia. En este espíritu pretende situarse nuestro coloquio: pensar las articulaciones entre ética y estética en el patrimonio islámico, tomando la medida tanto de sus tensiones como de sus promesas, y reconociendo en la belleza no un simple ornamento del sentido, sino uno de los lugares donde se juega, a través de los siglos, la relación del ser humano con lo verdadero, lo justo y lo divino.